Déjà vu

¿Ilusión o política? ¿Es posible una renovación real de la política?

Eran poco más de las nueve y media en Chicago ayer por la noche y decidí dejar de mirar la página web de la CNN. A esas horas, el candidato republicano Romney seguía liderando el voto popular y tenía una ligera ventaja en Virginia. Florida estaba en empate y en el resto de Estados clave la ventaja era para el Presidente Obama. Una ventaja escasa pero suficiente. Dejé el ordenador para seguir con la lectura de “La Regenta” pensando que iba a ser muy difícil para Romney cambiar esa tendencia. Antes de dormirme eché un vistazo a los comentarios en Facebook y Twitter. Muchos nervios y mucha pasión circulaba por la red a esas horas. Mucha inquietud más propia de una película de Almodóvar, en algunos momentos, que de una jornada electoral.

Esta mañana he comprobado que el proceso había terminado como era de esperar. Sinceramente ni me alegra ni me entristece el resultado. Más allá de las grandes frases, de las declaraciones sacadas de contexto, de las imágenes bonitas, de las promesas más propias de película épica queda la realidad, mucho más dura de lo que parece. Una realidad que todos construimos día a día con nuestros aciertos y errores y que es más reacia a los grandes vuelos que los candidatos electorales prometen simplemente porque refleja la naturaleza contradictoria y paradójica de la condición humana. Cada ciclo electoral, las maquinarias electorales de los partidos mueven nuestras emociones, nuestros miedos y nuestras ilusiones y nos dejamos llevar del mismo modo que hacemos buenos propósitos cada uno de enero. No quiero sonar fatalista ni lanzar un mensaje de todos son iguales. No es cierto. Hay propuestas mejores y peores. Pero el problema es que es realmente difícil averiguar cuales son las propuestas y además poder comprobar su alcance verdadero. O acaso alguien puede estar completamente seguro que la economía mejorará con Obama o que hubiera mejorado más o menos con Romney. Podemos especular sobre datos que conocemos parcialmente. Eso es todo. Y respecto a otras cuestiones también nos novemos por la proyección de nuestros miedos e ilusiones más que por hechos contrastados. Seguimos con un esquema que fue válido durante mucho tiempo, diría que hasta el final de la Guerra Fría. Pero dudo que eso sea válido ahora. Sin embargo, seguimos jugando con los mismos modelos de proyección de ideales usando un esquema viejo y caduco.

Hace cuatro años, el Presidente Zapatero nos contó a los españoles que la crisis apenas iba a llegar a España, que nuestro país estaba suficientemente preparado y que nuestro sistema bancario estaba a prueba de todo desastre. Ya sabemos lo que pasó. Pero en aquellas elecciones muchos españoles decidieron votar por la ilusión y por el candidato que prometía ilusión y paz. ¿Era cierto lo que decía? No. Pero eso no importó mucho. La gente siguió creyendo lo que quería creer. Ayer mucha gente votó a Obama por la ilusión de un futuro mejor y por el miedo y desprecio de un Romney caricaturizado como el empresario rico que humilla a los pobres. ¿Es esa la estricta realidad? No. Pero es la realidad que nos gusta creer o que al menos ha convencido a muchos millones de votantes. Con eso no estoy diciendo que Romney fuera mejor candidato. Al contrario. Sus cambios de opinión, sus respuestas demasiado simples, su sonrisa perfecta, sus contradicciones tampoco me inspiraban gran confianza. Pero en este caso la maquina de la ilusión funcionó mejor con el concepto del sueño americano que con el de una realidad más agreste. Suele pasar. También le funcionó a Zapatero. Déjà vu.

Si queremos romper ese ciclo aburrido y pervertido debemos hacer un esfuerzo. Cada uno a su nivel. Y la idea es simple. La democracia representativa es interesante pero es mucho mejor el concepto de democracia participativa. No votar cada cuatro años con los mejores deseos como quien se come las uvas en Nochevieja. No. Hace falta repensar nuestro sistema de gobierno y trabajar para conseguir fórmulas más adecuadas a la realidad de nuestro mundo. No es el momento aquí de plantear una reforma constitucional pero de entrada adelanto que pienso en un sistema de gobierno con parlamentos (congresos y senados, como se les quiera llamar) mucho más reducidos, a la mínima expresión, con comisiones técnicas altamente especializadas en las sólo se puede entrar con currículum brillante, no por tener una cara bonita o por comunicar bien y con un proceso abierto de gobierno en consulta permanente con el ciudadanos vía voto electrónico promoviendo referéndums ya sea desde el gobierno o por iniciativa popular. Eso, obviamente, reduce mucho el papel de los partidos políticos. Pero quizás sea hora ya de terminar con los productores de un cine edulcorado y empezar a pensar en política de verdad.

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